Hay mujeres que llegan a mi consulta después de años intentándolo.
Han probado con paciencia, con prisa, con copas de vino, con lubricante, con una pareja que entiende y con una pareja que no. Han leído que tienen que relajarse. Lo han intentado. Y cada vez que lo intentan, pasa lo mismo: llega un punto en el que el cuerpo se cierra y no hay manera.
Algunas nunca han podido ponerse un tampón. Otras llevan años sin poder ir a una revisión ginecológica. Y casi todas, absolutamente todas, han llegado a pensar que el problema son ellas.
Así que voy a empezar por el sitio por el que casi nunca se empieza, que es el cuerpo.
Dónde está exactamente el suelo pélvico
Te lo explico porque hace falta para entender todo lo demás, y porque esto no se da en ningún sitio.
El suelo pélvico es un grupo de músculos que van desde el hueso del pubis, por delante, hasta el coxis, por detrás. Imagínate una hamaca colgada entre esos dos puntos. Eso es. Sostiene la vejiga, el útero y el recto, y está organizado en tres capas superpuestas, una encima de otra.
Y como cualquier otro músculo del cuerpo, se contrae y se relaja. Puedes apretar el puño y puedes abrirlo. El suelo pélvico hace exactamente lo mismo, solo que no lo ves y casi nunca lo notas.
En la capa más superficial hay un músculo que rodea la entrada de la vagina. Las fisioterapeutas lo llaman a veces el músculo guardián, y describe muy bien lo que hace: si detecta que algo va a entrar y hay peligro, se cierra. No pregunta. Se cierra.
En el vaginismo, ese músculo y los que tiene alrededor se contraen de forma involuntaria y no dejan entrar nada, o dejan entrar con mucho dolor.
Por eso no es cuestión de voluntad
Y esto es lo que más me importa que quede claro, porque de aquí sale casi todo el sufrimiento que veo.
Tú no estás apretando. Es como cerrar el ojo cuando alguien te acerca un dedo: puedes saber perfectamente que no te va a tocar, puedes querer mantenerlo abierto, y el ojo se cierra igual. Es un reflejo, y los reflejos no responden a la voluntad.
Puedes desear a tu pareja. Puedes estar excitada. Puedes querer con todas tus fuerzas que esta vez funcione. Y el cuerpo puede cerrarse de todas formas.
No es lo mismo no hacer algo que no poder hacerlo.
No le pasa solo a las mujeres jóvenes
Esto también hay que decirlo, porque el estereotipo deja fuera a mucha gente.
Cuando el vaginismo ha estado ahí desde siempre, desde el primer intento, se llama primario. Es el que suele aparecer en los artículos: chicas jóvenes que nunca han podido.
Pero existe otro, el secundario, que aparece en mujeres que antes no tenían ningún problema. Después de un parto, sobre todo si hubo desgarro o episiotomía. Después de una cirugía ginecológica. Con la menopausia. Después de infecciones de repetición. O después de una temporada de dolor por cualquier otra causa: si algo dolió muchas veces, los músculos aprendieron a cerrarse para evitarlo, y siguieron haciéndolo cuando la causa original ya no estaba.
He visto llegar a mujeres de cuarenta y muchos convencidas de que a su edad eso no le pasa a nadie. Les pasa a muchísimas. Lo que no hacen es contarlo.
De dónde viene, y un malentendido que hace daño
No todo vaginismo viene de un abuso sexual.
Lo digo así de claro porque llegan mujeres aterrorizadas, convencidas de que si les ocurre esto es que les pasó algo que no consiguen recordar. No necesariamente.
Puede venir de haber crecido donde el sexo era peligroso, sucio o directamente no se nombraba. De un miedo al dolor instalado mucho antes de la primera vez, a veces solo por lo que te contaron otras. De una primera relación que dolió, y de todas las siguientes intentando que no volviera a doler. De una infección mal curada. De un parto difícil.
Y a veces sí hay una historia de abuso detrás. Cuando la hay, el orden del tratamiento cambia, y lo explico al final.
El error más frecuente: los ejercicios de Kegel
Este apartado es corto y puede ahorrarte meses.
Casi todo el mundo ha oído hablar de los ejercicios de Kegel, esos de apretar y soltar. Y casi todo el mundo da por hecho que sirven para cualquier problema del suelo pélvico.
En el vaginismo son justo lo contrario de lo que necesitas.
Los Kegel sirven para fortalecer un suelo pélvico débil. El tuyo no está débil: está demasiado tenso, agarrotado de tanto protegerte. Si le añades ejercicios de contracción, lo tensas todavía más y empeoras exactamente aquello que querías arreglar.
Lo que tu suelo pélvico necesita aprender no es a apretar. Es a soltar.
Cómo es el tratamiento, de verdad
Te lo cuento con detalle porque el desconocimiento asusta, y porque la mayoría de las mujeres que no piden ayuda es por lo que se imaginan, no por lo que realmente pasa.
Primero, entender tu propio cuerpo. Una buena fisioterapeuta de suelo pélvico empieza enseñándote un modelo anatómico y explicándote dónde están esos músculos, cómo se relacionan con el diafragma y con la respiración, y cómo notarlos. Suena básico. No lo es: no se puede soltar un músculo que no sabes localizar.
Después, la respiración. Respiración diafragmática, la que hincha el abdomen en lugar del pecho. El suelo pélvico y el diafragma se mueven juntos: cuando uno baja, el otro se alarga. Por eso la respiración es la primera herramienta, y no un preámbulo de relajación genérica.
Luego, el trabajo manual y los estiramientos, para liberar tensión y puntos dolorosos, siempre con tu permiso y parando cuando tú digas.
Y por último, los dilatadores. Que no son lo que la gente imagina: es un juego de cilindros lisos de tamaño creciente, y se empieza por el más pequeño. Te tumbas, respiras, y cuando estás preparada introduces el primero. Se deja puesto unos minutos, hasta quince, para que el tejido se adapte alrededor. Cuando ese tamaño deja de generar molestia y deja de dar miedo, se pasa al siguiente. Ni un día antes.
Nadie te empuja. El ritmo lo marcas tú, y si un día no se puede, no se puede.
Y mi parte, que es la otra mitad
Porque aquí es donde entra lo que trabajo yo, y quiero explicar qué hago exactamente en lugar de decir «terapia» y dejarlo ahí.
El músculo responde a lo que tu cerebro cree que va a pasar. Si tu cuerpo tiene registrado que ahí se pasa mal, se va a cerrar por mucho dilatador que haya, porque está cumpliendo su función.
Así que trabajamos sobre eso: sobre lo que esperas que ocurra cuando lo intentas, sobre el miedo anticipatorio que aparece horas antes, sobre lo que te dices a ti misma cuando no sale, y sobre la vergüenza, que en esto suele pesar más que el dolor.
Y cuando hay una historia de trauma sexual detrás, el orden cambia por completo. No se empieza por la penetración. Se empieza por seguridad y por regulación, porque hasta que el cuerpo no vuelve a ser un sitio habitable no tiene ningún sentido pedirle que se abra. Saltarse ese paso no acelera el proceso: lo rompe, y además deja a la mujer con la sensación de haber fracasado en algo en lo que nunca tuvo opción.
Cuánto tarda
No te voy a dar un número porque sería mentira, y porque depende de cuánto tiempo lleve instalado, de qué haya detrás y de con qué apoyo cuentes.
Lo que sí te puedo decir es que el vaginismo es de los problemas sexuales que mejor responden al tratamiento, y que el trabajo conjunto entre fisioterapia de suelo pélvico y psicología funciona bastante mejor que cualquiera de las dos por separado. Muchas mujeres notan cambios reales en pocos meses.
Lo que no ayuda
Forzarlo. Cada intento que duele es una repetición más de lo que estás tratando de desmontar. El cuerpo aprende de cada vez.
Beber para aguantar. Anestesia el dolor, no el aprendizaje. Tu sistema nervioso registra exactamente lo mismo.
Que te digan que te relajes. Si bastara con eso, ya estaría resuelto. Y oírlo añade la sensación de que encima lo estás haciendo mal.
Esperar a tener más ganas. El deseo no abre el músculo. Puedes desear muchísimo y que el cuerpo siga cerrado.
Una última cosa
Tu cuerpo no se cerró contra ti. Se cerró por ti, con la información que tenía en ese momento y haciendo lo único que sabía hacer para protegerte.
Lo que se aprendió se puede desaprender.
No es un trabajo de voluntad. Es un trabajo de escucha. Y se hace despacio.
Si esto que acabas de leer te ha removido y necesitas hablarlo, escríbeme.
Volver a habitar el cuerpo no empieza por la penetración. Empieza mucho antes, por recuperar sensaciones que no duelen y que llevas tiempo sin registrar. De eso escribo cada semana.
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Neus Martínez Sornosa · Psicóloga General Sanitaria colegiada CV17776 · Sexóloga clínica y terapeuta de pareja · Especializada en trauma y abuso sexual infantil