Es la pregunta que más me hacen antes de empezar. A veces la formulan con miedo, a veces casi susurrando, y casi siempre es lo que ha hecho que tarden años en pedir ayuda.
«¿Voy a tener que contarlo todo otra vez?»
No.
Y como esa respuesta es la que abre la puerta, quiero explicar bien de dónde sale.
Qué es el EMDR
Las siglas vienen del inglés: Eye Movement Desensitization and Reprocessing. En castellano, desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares.
La idea de fondo es sencilla, aunque el trabajo no lo sea. Cuando vivimos algo que nos desborda, el cerebro no llega a procesar esa experiencia como procesa el resto. En vez de guardarse como un recuerdo ordinario —algo que pasó, que duele al recordarlo pero que está en el pasado—, se guarda de manera fragmentada: imágenes, sonidos, olores, sensaciones corporales y emociones que no pudieron procesarse, como si no existiese un hilo conductor entre ellas.
Por eso una mujer de cuarenta años puede, a través de una imagen o un olor, volver al cuerpo de una niña de siete cada vez que algo activa esa memoria. Es decir, ese recuerdo genera el mismo impacto que cuando ocurrió la experiencia traumática.
El EMDR trabaja con eso. Mediante una estimulación bilateral —normalmente movimientos oculares, aunque también puede ser táctil o auditiva— y un protocolo muy estructurado, se facilita que el cerebro retome el procesamiento que quedó a medias.
Por qué funciona
El método lo descubrió la psicóloga estadounidense Francine Shapiro, y el efecto se ha relacionado con la fase REM del sueño: esa en la que soñamos y en la que los ojos se mueven espontáneamente de un lado a otro. Es posible que sea un mecanismo que ya llevamos incorporado para digerir lo que durante el día no hemos podido elaborar. Quizá por eso hay cosas que se ven distintas después de dormir.
También se ha visto que los movimientos oculares actúan sobre el sistema nervioso autónomo —el que regula la activación y la relajación— y que podrían reactivar un reflejo de orientación que quedó bloqueado durante la experiencia.
Y aquí quiero ser precisa. Que los movimientos oculares producen efectos medibles está comprobado en múltiples estudios y metaanálisis. Por qué exactamente los producen sigue siendo objeto de debate en la comunidad científica. Que el mecanismo no esté cerrado no significa que la eficacia no esté demostrada: son dos preguntas distintas, y conviene no confundirlas.
Lo que sí puedo decirte es que mover los ojos no es el ingrediente central. Pensar que moviendo los ojos desaparecen los problemas es una simplificación enorme. Decidir sobre qué recuerdos se trabaja, en qué orden, y sostener el proceso cuando se atasca es la mayor parte del trabajo.
Lo que no es
Aquí está la parte que quita el miedo.
No se accede al recuerdo buscando detalles. No hay que relatar lo que pasó, ni describirlo, ni responder preguntas sobre ello. Yo no necesito saber los detalles, y de hecho hacer recordar puede hacer daño.
No es revivirlo. El recuerdo se trabaja desde el aquí y ahora, sabiendo que el peligro ya terminó. Hay orientación temporal y hay sensación de control, y por eso el sistema nervioso no se activa como se activó entonces. Se trabaja dentro de lo que llamamos la ventana de tolerancia: ni tan lejos que no se toque nada, ni tan cerca que desborde.
No es hablar más. Es exactamente lo contrario de lo que la mayoría espera de una terapia. En EMDR se habla poco. Es el propio cerebro el que va accediendo y asociando, y mi trabajo es sostener el proceso y que no se salga de esa ventana.
Eso no significa que no aparezca emoción. Aparece, y a veces muy intensa, sobre todo cuando el dolor lleva mucho tiempo ahí. Pero que aparezca emoción no significa que estés retrocediendo: significa que el cerebro está procesando lo que antes quedó bloqueado.
«Es que casi no me acuerdo de nada»
Esta es la otra frase que escucho mucho, y casi siempre se dice con vergüenza, como si fuera un requisito que no se cumple.
Muchas mujeres que vivieron abuso en la infancia no tienen un relato. Tienen una imagen suelta, un olor, una sensación en el cuerpo, la certeza de que algo pasó en aquella casa y poco más. A veces ni eso: solo saben que hay un tramo de su infancia que está en blanco.
Eso no te deja fuera. Al contrario.
El EMDR no necesita que analices ni que expliques. Se puede trabajar con muy pocos elementos: una imagen, una sensación física, una creencia sobre ti misma. De hecho se trabaja con niños muy pequeños, que ni siquiera pueden poner en palabras lo que les pasó, y en ellos los resultados suelen llegar incluso antes.
Y hay algo que conviene saber: que no recuerdes no significa que no esté guardado. La mente puede no tener el relato mientras el cuerpo conserva la memoria. Precisamente por eso una terapia que dependa de contar y razonar se queda corta en estos casos, y una que trabaje también con lo corporal llega donde la palabra no llega.
Por qué no basta con tratar el síntoma
Casi todas las mujeres que atiendo por abuso sexual llegan con otro diagnóstico encima. Ansiedad. Depresión. Un trastorno de la conducta alimentaria. Dolor crónico. Problemas de pareja. Vaginismo. Dificultad para llegar al orgasmo.
Y muchas llevan años en terapia trabajando ese síntoma sin haber tocado nunca el origen.
Desde mi punto de vista eso es un error de fondo. Porque la persona no llega a entender qué le pasa, y entonces se fustiga todavía más: ahora, además de todo lo demás, tiene un diagnóstico y la sensación de que hay algo roto en ella. Cuando lo que hay debajo es una experiencia abrumadora que no pudo procesarse, porque ocurrió en un momento de la vida en el que era imposible hacerle frente.
Trabajar el origen no es hurgar en el pasado por hurgar. Es dejar de tratar el humo e ir al fuego.
Qué dice la evidencia
Esto no es una técnica de nicho ni algo alternativo.
La Organización Mundial de la Salud recomienda el EMDR desde 2013 para el tratamiento del trastorno de estrés postraumático en niños, adolescentes y adultos. Junto con la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma, son las dos únicas psicoterapias que la OMS recomienda para el TEPT.
Las guías NICE del sistema de salud británico lo recomiendan para adultos con TEPT. Y la ISTSS, la sociedad internacional de estudios de estrés traumático, lo clasifica como fuertemente recomendado en niños, adolescentes y adultos.
En el terreno concreto del abuso sexual infantil, la investigación es más reciente pero apunta en la misma dirección: los estudios disponibles muestran eficacia en la reducción de la sintomatología en supervivientes adultas, sin necesidad de modificar el protocolo, y con resultados que se mantienen en los seguimientos a largo plazo.
Qué pasa concretamente en el abuso sexual
Aquí es donde el EMDR hace algo que me sigue pareciendo notable después de años viéndolo.
La culpa cambia de pregunta
Casi todas llegan con la misma acusación funcionando por dentro: ¿por qué lo permití?, ¿por qué no lo conté?, ¿por qué no me resistí?
Durante el reprocesamiento, esas creencias no se rebaten con argumentos. Nadie les dice «no fue culpa tuya» esperando que con eso baste. Lo que ocurre es que el propio cerebro va asociando: aparece la diferencia de tamaño, la edad que tenía, la dependencia de esa persona, lo que había aprendido en casa sobre obedecer, el miedo a que la separasen de su madre.
Y la pregunta se transforma sola. De «¿qué hice mal?» a «¿qué hice para sobrevivir?»
No es lo mismo saberlo que sentirlo. Eso es lo que cambia.
El asco se recoloca
Esta es la parte más difícil y la que menos se explica.
El asco es una reacción primaria del cerebro para protegernos de algo que puede dañarnos. Ante una invasión del cuerpo, aparece. Es lógico y es sano.
El problema es que el trauma lo desvía. Sin darse cuenta, el asco que iba dirigido a lo que ocurrió acaba volviéndose hacia una misma. Y entonces aparecen las frases que escucho una y otra vez: «estoy sucia», «hay algo sucio en mí». Las mujeres describen querer ducharse muchas veces, rechazar partes de su propio cuerpo, sentir náuseas al recordar.
Durante el reprocesamiento suele ocurrir algo muy concreto: el asco cambia de dirección. Deja de apuntar hacia dentro y se coloca donde le corresponde. «Eso fue una invasión.» «Eso no debía pasar.» «Yo era demasiado pequeña para defenderme.»
Y con frecuencia se nota antes en el cuerpo que en la cabeza. La sensación de suciedad baja. Y aparece una comprensión distinta: lo que ocurrió fue algo que me hicieron, no algo que define quién soy ni cómo es mi cuerpo.
La congelación deja de ser una acusación
Muchas cargan durante décadas con el «no hice nada».
Ante una amenaza, el sistema nervioso dispone de tres respuestas: luchar, huir o congelarse. Se disparan en milisegundos, son totalmente involuntarias y automáticas, no responden a la razón. Cuando luchar y huir no son viables —y para una niña frente a un adulto casi nunca lo son—, el cuerpo se queda quieto. Se inmoviliza, baja la frecuencia cardíaca, reduce la percepción del dolor. Es un mecanismo de supervivencia, no una decisión.
Entender eso a nivel intelectual ayuda. Pero procesarlo cambia la historia entera.
Y ahora la parte honesta
No siempre funciona.
Hay personas que se bloquean. Hay procesos que necesitan mucho trabajo previo de estabilización antes de tocar nada. Y hay momentos vitales en los que alguien tiene tantos frentes abiertos que no puede priorizarse, y entonces la terapia no se sostiene.
Tampoco borra el recuerdo. Ese no es el objetivo y no lo sería aunque se pudiera. Lo que ocurre es que el recuerdo deja de estar fragmentado, se integra con el resto de tu historia, y poco a poco lleva menos emoción pegada. Deja de sentirse como algo que sigue ocurriendo dentro del cuerpo.
Lo que sí puedo decir es que, en un plazo relativamente corto, he visto reducirse sintomatología que llevaba años instalada, mejorar la autoimagen y volver una cierta sensación de que el cuerpo vuelve a pertenecerte.
Si estás leyendo esto pensando en ti
Sanar es posible. No lo digo como consuelo.
Pero necesita a alguien formado específicamente en trauma, no cualquier terapia y no cualquier profesional. Y necesita un vínculo en el que puedas sentirte segura, porque en el abuso sexual la herida de traición es tan grande que sin esa confianza no se sostiene ningún trabajo.
Si llevas tiempo dándole vueltas y lo que te frenaba era imaginarte una escena en la que tienes que contarlo todo con detalle, quiero que sepas que esa escena no va a ocurrir.
Neus Martínez Sornosa es Psicóloga Sanitaria colegiada, Sexóloga y Terapeuta de Pareja, especializada en trauma y abuso sexual.
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