Sentirse ausente durante el sexo: qué es la disociación y por qué le ocurre a tantas mujeres

Sentirse ausente durante el sexo: qué es la disociación y por qué ocurre

Hay una experiencia que muchas mujeres viven y que casi ninguna cuenta, porque no encuentran las palabras y porque temen que suene raro.

Estar teniendo relaciones y, de pronto, no estar ahí.

Seguir presente físicamente, seguir respondiendo, incluso seguir adelante hasta el final. Pero por dentro haberse ido a otro sitio. Mirar el techo. Pensar en la lista de la compra. Sentir el cuerpo lejos, como si le estuviera pasando a otra persona.

Eso tiene nombre. Se llama disociación, y no es una rareza tuya.

Qué es la disociación

La disociación es un mecanismo de defensa del sistema nervioso. Cuando una experiencia resulta abrumadora y no hay posibilidad de huir ni de defenderse, la mente hace lo único que le queda: desconectarse. Interrumpe la integración normal entre la conciencia, la memoria, la percepción y el cuerpo.

Dicho más claro: si no puedes irte físicamente, te vas de otra manera.

Es una respuesta inteligente. En su momento te protegió de algo que no podías sostener. El problema es que el sistema nervioso aprende, y una vez que ha aprendido esa vía, la vuelve a usar en situaciones que se le parecen. Aunque ahora estés a salvo. Aunque la persona que tienes delante te quiera bien.

Por qué aparece justo en la intimidad

La intimidad sexual reúne casi todas las condiciones que activan una respuesta de trauma: exposición, vulnerabilidad, contacto físico, pérdida de control, y un cuerpo que no puede esconderse.

Por eso el sexo es, para muchas mujeres, el lugar donde primero aparece algo que llevaba años dormido.

No hace falta haber vivido una agresión

Esto es importante y lo repito mucho en consulta, porque muchas mujeres se descartan a sí mismas: «a mí no me pasó nada grave».

El trauma sexual no es sinónimo de agresión sexual. A veces son experiencias que ni siquiera recuerdas como traumáticas:

  • Una primera vez que en realidad no querías, pero que consentiste por presión, por miedo a perder a alguien o porque tocaba.
  • Haber visto pornografía muy pronto, a una edad en la que no tenías forma de entender lo que estabas viendo.
  • Comentarios, miradas o acercamientos en la adolescencia que te pusieron en guardia y te hicieron sentir sucia.
  • Años en una relación donde aprendiste a cumplir para evitar el conflicto.
  • Haber crecido en un entorno donde el cuerpo y el placer eran motivo de vergüenza.

Todo eso deja huella. Y la huella no se mide por la gravedad del hecho, sino por los recursos que tenías para afrontar la situación cuando ocurrió.

Cómo se manifiesta

La desconexión no siempre se ve igual. Estas son las formas que más veo:

  • Ausencia. Estás pero no estás. No sientes casi nada, ni bueno ni malo.
  • Bloqueo físico. El cuerpo se cierra: tensión, dolor, imposibilidad de la penetración. La hipertonía del suelo pélvico que no cede con nada suele tener algo de esto detrás.
  • Hipervigilancia. No puedes soltar el control. Estás pendiente de todo, incluida tú misma.
  • Necesidad de intensidad. Buscar prácticas más fuertes o incluso dolorosas, no por gusto, sino para sentir algo. Cuando la desconexión es profunda, sólo lo intenso atraviesa.
  • Sexo sí, intimidad no. Puedes tener relaciones sin problema mientras no haya vínculo. En cuanto hay conexión emocional, el cuerpo se cierra. O al revés.

Ninguna de estas cosas dice nada malo de ti. Todas dicen algo de lo que tu cuerpo tuvo que hacer para sobrevivir.

Por qué hablar de ello no basta

Aquí está el punto que más me importa, y donde muchos procesos se quedan cortos.

La disociación no ocurre en el pensamiento. Ocurre en el cuerpo, y ocurre antes de que llegue ningún pensamiento. Por eso entenderlo intelectualmente ayuda poco: puedes tener toda la información del mundo sobre lo que te pasó y seguir ausentándote exactamente igual.

El trabajo tiene que incluir el cuerpo. No como complemento, sino como parte central.

El orden que funciona

  1. Seguridad primero. Antes de tocar nada del pasado, hay que construir recursos para sostenerlo. Contar un trauma sin tener con qué sostenerlo no cura: retraumatiza.
  2. Volver a habitar el cuerpo, despacio. Empezando por situaciones cotidianas que no tienen nada que ver con lo sexual.
  3. Recuperar la señal. Aprender a notar cuándo tu cuerpo dice que no, y darle valor a esa información.
  4. Y sólo entonces, la intimidad. Cuando ya te sientes segura en tu propio cuerpo.

Si te has reconocido

Quiero decirte tres cosas.

La primera: no estás rota, y no estás loca. Lo que hizo tu cuerpo fue lo correcto en su momento.

La segunda: no tienes que forzarte a estar presente. Presionarte para «no desconectar» es pedirle a tu sistema nervioso que renuncie a su única defensa. No funciona así, y además duele.

La tercera: esto se trabaja y mejora. No es rápido y no es lineal, pero se puede volver a habitar el propio cuerpo.

Si esto te está pasando, busca a alguien con formación específica en trauma. No cualquier terapia sirve, y una terapia mal planteada en este terreno puede dejarte peor. Pregunta directamente qué formación tiene esa persona en trauma antes de empezar.

Este es un tema delicado. Si al leer esto has notado que se te removía algo, para un momento, respira y busca apoyo. No tienes que resolverlo hoy ni sola.


Si quieres empezar a reconectar con tu cuerpo, a tu ritmo y sin forzar nada, tengo una guía gratuita de 10 páginas. Puedes descargarla suscribiéndote a la newsletter, en el formulario que encontrarás justo aquí abajo.

Neus Martínez Sornosa es Psicóloga Sanitaria, Sexóloga y Terapeuta de Pareja, especializada en trauma y abuso sexual infantil. Atiende online en español e inglés.