«Le quiero, pero no tengo ganas.»
Y suele venir acompañada de una segunda frase: «no sé qué me pasa».
Voy a empezar por ahí, porque es donde está el error de planteamiento. La pregunta no es qué te pasa a ti. La pregunta es qué está pasando entre vosotros dos, y qué está pasando en tu vida, porque el deseo no vive dentro de una persona: vive en un contexto.
No es lo mismo no tener ganas que no tener ganas de esto
Esta distinción cambia el trabajo entero, así que merece la pena pararse.
Hay mujeres que no tienen deseo en ninguna parte de su vida (también hombres). Ni con su pareja, ni solas, ni en fantasía, ni con nadie. Cuando eso ocurre hay que mirar el cuerpo y el momento vital: estrés, trauma, hormonas, medicación —los antidepresivos ISRS lo hacen con muchísima frecuencia—, dolor, agotamiento, postparto, lactancia, perimenopausia.
Y hay mujeres cuyo deseo funciona perfectamente en todo lo demás y se apaga durante la relación, porque hay problemas de comunicación, de respeto, de afecto. Eso ya no es un problema de deseo. Es una respuesta.
No es un juicio ni una sentencia. No significa que no le quieras, ni que debas dejarle. Significa que el cuerpo está registrando algo que quizá tu cabeza todavía no ha querido mirar.
Ya que, en muchas ocasiones, el deseo de la mujer aparece como respuesta a una relación armoniosa, de amor e intimidad.
Lo he explicado entero en deseo espontáneo y deseo responsivo. Si no lo has leído, empieza por ahí, porque a mucha gente le resuelve el problema sin necesidad de nada más.
El gran problema, cuando aparece falta de deseo, es el círculo que lo alimenta
Cuando el sexo deja de aparecer, casi ninguna pareja lo habla bien a la primera. Lo que suele pasar es esto:
Uno de los dos empieza a proponer más. Con buena intención, o con miedo, o con las dos cosas.
El otro empieza a esquivar. Se acuesta más tarde. Se queda con el móvil. Evita el momento en que suele pasar.
El que propone lo nota y lo interpreta como rechazo personal. Y propone más, o se enfada y exige, o se calla y acumula.
El que esquiva empieza a sentir el contacto normal como el principio de algo que va a acabar en una petición. Y entonces deja de dar besos, de abrazar, de rozar. No porque no quiera cariño: porque cada gesto se ha vuelto un preámbulo.
Y entonces la pareja se enfada más, y la persona que tiene poco deseo cada vez se siente más presionada, más tensa y con menos ganas. Y la relación se distancia cada vez más.
Y ahí está el punto crítico, y quiero que lo leas despacio: la pareja no ha perdido el sexo. Ha perdido el afecto. Ese es el daño real, y es el que hay que reparar primero, antes incluso de hablar de sexo.
El deseo necesita seguridad
Y la exigencia genera justo el efecto contrario: miedo, tensión e inseguridad.
Un cuerpo que no se siente seguro no se abre. Es fisiología, no actitud.
Cuando el sistema nervioso está en alerta —por estrés, por conflicto no resuelto, por tener que estar pendiente del humor del otro, por haber vivido algo que el cuerpo todavía no ha digerido, por tener que «someterte» a una relación sexual para que el otro no se enfade— el organismo no está en modo de exploración y placer. Está en modo de vigilancia. Y esas dos cosas no pueden ocurrir a la vez.
El deseo no funciona a voluntad. No se le puede pedir a un cuerpo que está en alerta que se relaje. Necesita sentirse seguro. Por eso, cuando mantenemos relaciones sexuales con dolor, el cuerpo cada vez se tensiona más.
Así que cuando existe deseo sexual hipoactivo, la respuesta de la pareja es fundamental para romper con la dinámica.
Y hay algo más que se dice poco: el deseo también necesita un mínimo de espacio propio. Cuando dos personas están completamente fusionadas, cuando ya no hay ninguna zona de la vida que sea solo tuya, desaparece la distancia sobre la que el deseo funciona. Se puede querer muchísimo a alguien y no desearle, precisamente porque ya no hay nada que desear: está todo ocupado.
Lo que sí ayuda
Cero exigencias, cambiar de roles o quitar el sexo durante un tiempo, de mutuo acuerdo. Suena contradictorio y es lo que más rápido funciona. Si durante unas semanas se acuerda explícitamente que no va a haber relaciones sexuales, el contacto físico deja de ser un preámbulo y vuelve a ser lo que era. Muchas parejas descubren ahí que echaban de menos que las abrazaran, no que las penetraran.
Recuperar el placer que no es sexual. La piel, el descanso, el tiempo sin tareas. Un cuerpo que no disfruta de nada difícilmente va a disfrutar del sexo.
Hablarlo fuera de la cama y fuera del enfado. No a las doce de la noche después de un rechazo. En otro momento, sentados, y empezando por lo que sientes y no por lo que el otro hace o deja de hacer.
Y mirar si hay algo debajo. Porque a veces lo hay: dolor durante las relaciones, una historia previa que el cuerpo no ha resuelto, o esa sensación de estar y no estar durante el sexo . Si te reconoces en eso último, te va a servir sentirse ausente durante el sexo.
La ausencia de deseo no es una prueba de que la relación esté acabada, ni una prueba de que estés rota. Es información. Y la información se puede leer, con calma y con ayuda si hace falta.
Y si lo que falta es volver a tu cuerpo
Hay una parte de todo esto que no la arregla ningún acuerdo de pareja, y es la tuya.
Aunque en casa cambie la dinámica, aunque desaparezca la presión y vuelva el afecto sin agenda, puede que sigas sin saber qué te gusta, sin poder nombrar lo que quieres, sin habitar tu cuerpo desde el placer en lugar de desde la vigilancia. Eso no llega solo porque el otro deje de pedir. Eso se aprende.
Para esa parte hice Íntima.
Son diez módulos en vídeo, cada uno con su cuaderno de trabajo y su práctica guiada en audio: meditación, hipnosis y ejercicios somáticos. Se hace a tu ritmo, en tu casa y sin explicarle nada a nadie. Y se queda contigo para siempre.
El orden importa, y por eso lo digo: no empieza por el placer. Empieza por la seguridad y por volver a sentir. Lo demás viene después, y viene solo cuando el cuerpo deja de estar en guardia.
Si estás ahí, aquí tienes Íntima.
Íntima no es el primer paso si hay una historia de abuso sexual sin trabajar. Si lo que te ocurrió sigue activo, lo que necesitas ahora es terapia, y esto después. Empezar por aquí no adelanta camino: remueve sin red.
Y si has llegado hasta aquí porque eres su pareja
Pasa más de lo que parece. El que busca información y quiere hacer algo es él.
Dos cosas, y la segunda importa más que la primera.
La primera es que sí, se puede regalar. Es un programa que ella hace sola, a su ritmo y sin horarios.
La segunda es que no funciona si se lo das como quien entrega la solución a un problema. Eso ella lo va a leer como una exigencia más, y una exigencia más es justo lo que ha apagado el deseo. Si se lo propones, que sea después de haberle dicho que no hay prisa y que tu cariño no depende de que esto se arregle.
Ese orden no es un detalle. Es lo que separa un regalo de una factura con lazo.
Si en tu relación hay coacción sexual, si accedes por miedo a la reacción del otro o si hay violencia de cualquier tipo, esto que has leído no es lo que necesitas. Necesitas ayuda directa y protección. Escríbeme y te ayudo a buscarla.
Escribo cada semana sobre cuerpo, deseo y sexualidad femenina con criterio clínico y sin recetas. Si quieres recibirlo, puedes suscribirte a Mujeres que Habitan.
Neus Martínez Sornosa · Psicóloga General Sanitaria colegiada CV17776 · Sexóloga clínica y terapeuta de pareja · Especializada en trauma