Hay una mujer que casi nunca llega a mi consulta. O que llega tarde, y por otro motivo.
Es la que siempre ha sido independiente. La que no entiende a las amigas que lloran por un hombre. La que se cansa rápido, la que necesita su espacio, la que corta antes de que le corten. La que dice, con toda sinceridad, que ella está mejor sola.
Y un día alguien se va de verdad. Y se cae.
Lo que descubre entonces
Descubre que sí necesitaba. Que lo que llamaba independencia era otra cosa. Que llevaba años organizando su vida para no tener que comprobarlo.
Es un descubrimiento brutal, porque además llega acompañado de vergüenza: si yo siempre he sido la fuerte, ¿cómo estoy así ahora por alguien que ni siquiera me importaba tanto?
Esa pregunta tiene respuesta, y no es la que ella se teme.
No eran dos formas distintas de ser
En consulta se ve constantemente: una persona que no está disponible afectivamente, como si no dependiese del otro y que, sin embargo, controla al otro por miedo a que se vaya. O que se muestra fría durante años y se derrumba en cuanto el otro se marcha.
No cambió de personalidad de un día para otro. Cambió de posición.
Distanciarse y aferrarse parecen cosas opuestas, y son la misma cosa vista desde dos sitios. Debajo de las dos hay lo mismo: querer estar en amor y tener miedo de estar en intimidad. Porque intimar es abrirse, y abrirse es exponerse a que vuelvan a hacerte daño.
La diferencia está sólo en cómo cada una se defiende de eso.
Por qué esta posición es más difícil de trabajar
Y aquí voy a ser honesta, aunque no sea agradable de leer.
Cuando alguien se defiende alejándose, suele estar más desconectado del cuerpo, no menos. La defensa consiste precisamente en no sentir: si no siento, no me duele, no necesito y no dependo. Funciona muy bien. Ese es el problema.
Eso tiene tres consecuencias:
- Se pide ayuda mucho más tarde. El malestar es lo que lleva a consulta, y esta posición está diseñada para no sentir malestar. Se llega cuando el sistema ya no aguanta, casi siempre tras una pérdida.
- Cuesta más identificar lo que se siente. No por falta de inteligencia ni de voluntad: es que la señal lleva años apagada. Preguntar «¿qué sientes?» puede recibir un silencio sincero.
- El proceso es más lento. Hay que reconstruir antes la capacidad de notar, y eso no se hace hablando. Se hace despacio y con el cuerpo.
No digo esto para desanimar a nadie. Lo digo porque quien está en esta posición suele llegar pensando que va a resolverlo rápido, como ha resuelto todo lo demás en su vida. Y no funciona así, y no es culpa suya.
Lo que sí quiero que sepas
Que no estabas fingiendo. Esa fortaleza era real, y te ha servido para muchas cosas.
Que la defensa que mejor te protegió es la que más cuesta desmontar, y eso no habla de tu resistencia al cambio: habla de tu herida.
Y que llegar aquí, aunque sea derrumbándote, es una oportunidad que no siempre aparece. Muchas personas en esta posición nunca llegan a tenerla, porque encuentran a alguien nuevo enseguida, o compensan con trabajo, con alcohol, con comida, con lo que sea que sirva para no sentir.
Si tú estás sintiendo, por incómodo que sea, es que algo se ha abierto.
Y por ahí se empieza.
Si te has reconocido y quieres empezar a mirarlo, tengo un test gratuito de 9 preguntas. Está pensado desde el otro lado —desde quien se siente dependiente— pero si lo lees desde aquí, vas a entender bastante de ti.
Neus Martínez Sornosa es Psicóloga Sanitaria, Sexóloga y Terapeuta de Pareja, especializada en trauma y abuso sexual infantil. Atiende online en español e inglés.